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En esta ocasión, Jesús Noci del Hospital Universitario La Paz de Madrid nos trae el caso clínico titulado El sentido del pudor en un paciente con Enfermedad de Crohn.

La historia de Daniel es un ejemplo claro de cómo la enfermedad inflamatoria intestinal puede avanzar silenciosamente durante años cuando el diagnóstico inicial no encaja del todo. Su primer contacto con el sistema sanitario ocurrió en 2010, cuando tenía solo 17 años: dolor abdominal, fiebre y diarrea sin sangre ni síntomas nocturnos. Las pruebas fueron negativas y la calprotectina apenas estaba elevada, por lo que recibió un diagnóstico de colon irritable. Nada hacía pensar entonces en una enfermedad de Crohn.

Sin embargo, el tiempo fue dibujando un cuadro distinto. Años después, ya adulto, Daniel solicitó un cambio de centro y se repitieron las pruebas. Esta vez, la cápsula endoscópica mostró aftas en íleon, la colonoscopia reveló úlceras y la calprotectina estaba claramente elevada. Además, se identificó un sobrecrecimiento bacteriano (SIBO). A pesar de múltiples tratamientos —budesonida, rifaximina, colestiramina y otros— la respuesta fue mínima.

La situación se volvió más urgente cuando, tras un ciclo de corticoides sistémicos que solo ofreció un alivio temporal, Daniel volvió a presentar diarrea intensa (10–12 deposiciones al día) y una pérdida de peso de 10 kg. En marzo de 2026, el equipo médico decidió iniciar adalimumab de forma inmediata. Desde la consulta médica fue derivado directamente a enfermería para comenzar el biológico ese mismo día, y se programó una cita de seguimiento como paciente nuevo en las dos semanas siguientes.

En esa primera visita tras el inicio del tratamiento, Daniel —un hombre de 34 años que vive con su familia en un municipio al sur de Madrid— acudió acompañado por su madre. Más allá de los datos clínicos, su historia refleja algo fundamental: el impacto emocional y logístico que supone convivir con una enfermedad crónica que no siempre se diagnostica a la primera.