Con el título Transición pediátrica en EII: continuidad y retos en la atención, Cristina Mira del Hospital General Universitario Dr. Balmis de Alicante, nos presenta el siguiente caso clínico.
Aaron tiene 15 años y convive con una enfermedad de Crohn diagnosticada cuando apenas tenía siete. Su historia es la de muchos adolescentes con patologías crónicas: un camino marcado por tratamientos intensivos, revisiones constantes y un proceso de maduración que avanza a un ritmo distinto al de sus compañeros.
Desde el inicio, su evolución no fue sencilla. Presentó fístulas perianales complejas que requirieron varias intervenciones quirúrgicas, además de un retraso ponderoestatural y una gastritis crónica asociada a Helicobacter pylori. En la unidad pediátrica recibió inducción con corticoides y nutrición enteral exclusiva, seguida de una escalada precoz a tratamiento biológico por corticodependencia y enfermedad perianal grave. Con el tiempo fue necesaria la optimización de dosis por pérdida secundaria de respuesta, y tuvo dos ingresos hospitalarios en los últimos tres años.
A pesar de este recorrido, Aaron llega hoy a consulta en una fase estable: deposiciones normales, ausencia de dolor, sin síntomas perianales y con pruebas complementarias tranquilizadoras. Académicamente rinde bien y mantiene un pequeño grupo de amigos vinculados al tenis, aunque le cuesta iniciar nuevas relaciones y no suele hablar abiertamente de su enfermedad en el entorno escolar.
La entrevista clínica revela otro aspecto clave: su escasa autonomía en el manejo de la enfermedad. Responde poco, evita el contacto visual y mira a su madre antes de contestar. Ella, con actitud claramente protectora, tiende a anticiparse. Aaron identifica su tratamiento como “el gotero de muchas horas”, pero desconoce la pauta, la periodicidad o la fecha de su próxima revisión. No gestiona citas ni medicación: “eso lo lleva mi madre”.
Este caso ilustra un reto frecuente en la transición de la pediatría a la atención adulta: acompañar al adolescente para que gane autonomía, comprenda su enfermedad y participe activamente en su autocuidado. No se trata solo de controlar la inflamación intestinal, sino de favorecer un desarrollo emocional y social que le permita vivir su adolescencia con la mayor normalidad posible.